Cuando esta virgen era prostituta
soñaba con casarse y zurcir calcetines
pero desde que quiso
ser simplemente virgen
y consiguió rutinas y marido
añora aquellas noches
lluviosas y sin clientes
en que tendida en el colchón de todos
soñaba con casarse y zurcir calcetines.
Mario Benedetti
La política corporal de Julia Kristeva.
La teoría de la dimensión semiótica del lenguaje de Kristeva en un primer momento parece utilizar premisas lacanianas sólo para exponer sus límites y para ofrecer un sitio de subversión específicamente femenino de la ley paterna dentro del lenguaje. Según Lacan, la ley paterna estructura toda la significación lingüística, llamada “lo Simbólico”, y así se convierte en un principio organizador universal de la cultura. Esta ley crea la posibilidad de un lenguaje significativo y, por lo tanto, de la experiencia significativa, mediante la represión de los impulsos primarios de la libido, incluyendo la dependencia radical del bebé respecto del cuerpo materno. Así, lo Simbólico se hace posible al repudiar la relación primaria con el cuerpo materno. El “sujeto” que surge como consecuencia de esta represión se convierte en un portador o proponente de esta ley represiva. El caos de la libido, característico de esa primera dependencia, ahora está totalmente constreñido por un agente unitario cuyo lenguaje está estructurado por esa ley. A su vez, ese lenguaje estructura el mundo al suprimir significados múltiples (que siempre recuerdan la multiplicidad libidinal que caracterizaba la relación primaria con el cuerpo materno) e instaurar en su lugar significados unívocos y separados.
Kristeva cuestiona la narración lacaniana que supone que el significado cultural requiere la represión de esa relación primaria con el cuerpo materno. Dice que lo “semiótico” es una dimensión del lenguaje ocasionada por ese cuerpo materno primario, lo que no sólo refuta la premisa primaria de Lacan, sino que sirve como una fuente perpetua de subversión dentro de lo Simbólico. Para Kristeva, lo semiótico expresa la multiplicidad original de la libido dentro de los términos mismos de la cultura, y más precisamente dentro del lenguaje poético en el que prevalecen los significados múltiples y el carácter semántico no cerrado. En efecto, el lenguaje poético es la recuperación del cuerpo materno dentro de los términos del lenguaje, el que tiene el potencial para trastocar, subvertir y desplazar la ley paterna.
Sin embargo, a pesar de su crítica a Lacan, la estrategia de subversión de Kristeva resulta dudosa. Su teoría parece depender de la estabilidad y la reproducción precisamente de la ley paterna que intenta desplazar. Aun cuando efectivamente muestra los límites de los esfuerzos de Lacan por universalizar la ley paterna en el lenguaje, acepta, sin embargo, que lo semiótico está invariablemente subordinado a lo Simbólico, que asume su especificidad dentro de los términos de una jerarquía inmune al cuestionamiento. Si lo semiótico promueve la posibilidad de la subversión, el desplazamiento o el trastorno de la ley paterna, ¿qué significados pueden tener esos términos si lo Simbólico siempre reafirma su hegemonía?
La siguiente crítica que hago al planteamiento de Kristeva discrepa de algunos pasos en su argumentación en favor de lo semiótico como una fuente de subversión eficaz. En primer lugar no queda claro si la relación primaria con el cuerpo materno, que tanto Kristeva como Lacan parecen aceptar, es un constructo viable ni tampoco si es una experiencia cognoscible de acuerdo con alguna de sus teorías lingüísticas. Los múltiples impulsos que caracterizan lo semiótico constituyen una economía libidinal prediscursiva que a veces se da a conocer en el lenguaje, pero que mantiene una condición ontológica anterior al lenguaje en sí. Manifiesta en el lenguaje, sobre todo en el poético, esta economía libidinal prediscursiva se convierte en un sitio de subversión cultural. Surge un segundo problema cuando Kristeva afirma que esta fuente libidinal de subversión no puede mantenerse en lo que se refiere a la cultura, que su presencia sostenida dentro de la cultura lleva a la psicosis y al colapso de la vida cultural en sí. Así, Kristeva alternadamente plantea y niega lo semiótico como un ideal emancipador. Aunque nos dice que es una dimensión del lenguaje que por lo general está reprimida, también admite que es un tipo de lenguaje que nunca se puede mantener de manera consistente.
Para valorar su teoría aparentemente contradictoria debemos preguntar cómo se manifiesta esta multiplicidad de la libido en el lenguaje y qué condiciona su vida temporal dentro de él. Además, Kristeva describe el cuerpo materno como portador de una serie de significados que son anteriores a la cultura misma. Con ello salvaguarda la noción de cultura como una estructura paterna, y delimita la maternidad como una realidad esencialmente precultural. Sus descripciones naturalistas del cuerpo materno efectivamente reifican la maternidad e impiden un análisis de su construcción y variabilidad culturales. Al preguntar si es posible una multiplicidad prediscursiva de la libido, también consideraremos discursivo es en sí la producción de un discurso histórico determinado, un efecto de la cultura más que su causa secreta y primaria.
Aun si aceptamos la teoría de Kristeva acerca de los impulsos primarios, no queda claro que los efectos subversivos de esos impulsos puedan servir, a través de lo semiótico, como algo más que un trastorno temporal y fútil de la hegemonía de la ley paterna. Intentaré mostrar cómo el fracaso de su estrategia política es consecuencia en parte de su apropiación poco crítica de la teoría de los impulsos. Además, si se analizan cuidadosamente sus descripciones de la función semiótica dentro del lenguaje, parece que Kristeva reinstaura la ley paterna en el nivel de lo semiótico en sí. Al final, parece que Kristeva nos ofrece una estrategia de subversión que nunca podrá ser una práctica política sostenida. En la última parte de esta sección sugeriré una manera de reconceptualizar la relación entre impulsos, lenguaje y privilegio patriarcal que puede servir como una estrategia de subversión más efectiva.
La descripción de lo semiótico de Kristeva procede a través de varios pasos problemáticos. Supone que los impulsos tienen objetivos anteriores a su surgimiento en el lenguaje, que éste invariablemente reprime o sublima esos impulsos, y que éstos se manifiestan sólo en las expresiones lingüísticas que desobedecen, por así decirlo, los requisitos unívocos de significación dentro del campo Simbólico. Afirma además que el surgimiento de impulsos múltiples en el lenguaje es evidente en lo semiótico, ese campo de significado lingüístico que se distingue de lo Simbólico, que es el cuerpo materno manifiesto en el habla poética.
Ya desde La révolution du langage poétique (1974), Kristeva argumenta en favor de una relación causal necesaria entre la heterogeneidad de los impulsos y las posibilidades plurívocos del lenguaje poético. A diferencia de Lacan, ella sostiene que el lenguaje poético no se basa en una represión de impulsos primarios. Más bien afirma que el lenguaje poético es la ocasión lingüística en que los impulsos separan los términos acostumbrados unívocos del lenguaje y revelan una heterogeneidad irreprimible de múltiples sonidos y significados. Con ello, Kristeva impugna la ecuación que hace Lacan de lo Simbólico con todo significado lingüístico al afirmar que el lenguaje poético tiene su propia modalidad de significados que no se ajusta a los requisitos de la designación unívoca.
En esa misma obra apoya una noción de energía libre o no investida que se da a conocer en el lenguaje a través de la función poética. Dice, por ejemplo, que “al
entremezclarse los impulsos en el lenguaje […] veremos la economía del lenguaje poético”, y que en esa economía “el sujeto unitario ya no puede encontrar su lugar”.2 Esta función poética es una función lingüística rechazante o divisoria que tiende a fracturar y multiplicar significados; pone en práctica la heterogeneidad de los impulsos a través de la proliferación y la destrucción de la significación unívoca. Así, la incitación hacia un conjunto de significados muy diferenciados o plurívocos aparece como la venganza de los impulsos contra el régimen de lo Simbólico que, a su vez, se apoya sobre su represión. Kristeva define lo semiótico como la multiplicidad de impulsos que se manifiesta en el lenguaje. Con su energía y heterogeneidad insistentes, estos impulsos trastornan la función significativa. Así, en esta obra define lo semiótico como “la función significante [. ..] conectada con la modalidad [del] proceso primario”.
En los ensayos que componen Desire in Language (1977), Kristeva basa su definición de lo semiótico en términos psicoanalíticos de manera más completa. Los impulsos primarios que lo Simbólico reprime y lo semiótico indica oblicuamente se consideran ahora impulsos maternales, no sólo aquellos que pertenecen a la madre, sino los que caracterizan la dependencia del cuerpo del bebé (de cualquier sexo) respecto de la madre. En otras palabras, “el cuerpo materno” designa una relación de continuidad más que un sujeto u objeto del deseo diferenciado; de hecho, designa esa jouissance que precede al deseo y la dicotomía sujeto/objeto que el deseo presupone. Mientras que lo Simbólico se basa en el rechazo de la madre, lo semiótico, mediante el ritmo, la asonancia, las entonaciones, el juego de sonidos y la repetición, representa o recupera el cuerpo materno en el habla poética. Incluso las “primeras ecolalias de los bebés” y las “glosolalias en el discurso psicótico” son manifestaciones de la continuidad de la relación madre-bebé, un campo heterogéneo de impulsos anterior a la separación/individuación del bebé y la madre, también efectuada por la imposición del tabú del incesto.4 La separación de la madre y el bebé, efectuada por el tabú, se expresa lingüísticamente como la disociación de sonido y sentido. En palabras de Kristeva: “Un fonema, como elemento distintivo de significado, pertenece al lenguaje como lo Simbólico. Pero ese mismo fonema está implicado en repeticiones rítmicas y de entonación; así, tiende hacia la autonomía respecto del significado, de modo que se mantenga en una disposición semiótica cerca del cuerpo del impulso instintivo”
Kristeva describe lo semiótico como algo que destruye o erosiona lo Simbólico; se dice que es “anterior” al significado, como cuando un niño empieza a pronunciar, o “posterior” al significado, como cuando un psicótico ya no usa palabras para significar. Si lo Simbólico y lo semiótico se consideran dos modalidades del lenguaje, y si se entiende que el segundo está generalmente reprimido por el primero, entonces, según Kristeva, el lenguaje se considera un sistema en que lo Simbólico sigue siendo hegemónico salvo cuando lo semiótico trastorna su proceso significante mediante la elipsis, la repetición, el mero sonido y la multiplicación del significado a través de imágenes y metáforas indefinidamente significantes. En su modo Simbólico, el lenguaje se apoya en una disociación de la relación de dependencia materna, por lo cual se convierte en abstracto (abstraído de la materialidad del lenguaje) y unívoco; esto es más notable en el razonamiento cuantitativo o puramente formal. En su modo semiótico, el lenguaje se involucra en una recuperación poética del cuerpo materno, esa materialidad difusa que se resiste a toda significación discreta y unívoca. Kristeva escribe:
En cualquier lenguaje poético, no sólo, por ejemplo, las restricciones rítmicas llegan a violar algunas reglas gramaticales de una lengua nacional […] en textos recientes estas restricciones semióticas (ritmo, timbres vocálicos entre los simbolistas, y también la disposición gráfica en la página) también se acompañan de elipsis sintácticas no recuperables; es imposible reconstituir la categoría sintáctica específica elidida (objeto o verbo), que permite decidir el significado del enunciado.6
Para Kristeva, esta imposibilidad de decidir es precisamente el momento instintivo en el lenguaje, su función trastornadora. Así, el lenguaje poético implica una disolución del sujeto significante coherente en la continuidad primaria que es el cuerpo materno: “El lenguaje como función Simbólica se constituye a costa de reprimir el impulso instintivo y la relación continua respecto de la madre. Al contrario, el sujeto indeterminado y cuestionable del lenguaje poético (para el que la palabra nunca es únicamente signo) se mantiene a costa de reactivar ese elemento materno instintivo reprimido”.7 Las referencias de Kristeva al “sujeto” del lenguaje poético no son del todo adecuadas, dado que el lenguaje poético erosiona y destruye al sujeto, al que se entiende como un ser hablante que participa en lo Simbólico. Siguiendo a Lacan, sostiene que la prohibición de la unión incestuosa con la madre es la ley que funda al sujeto, la cual corta o rompe la relación continua de dependencia materna. Al crear al sujeto, la ley prohibitiva crea el dominio de lo Simbólico o el lenguaje como un sistema de signos unívocamente significantes. De ahí, Kristeva concluye que “el lenguaje poético sería, para su dudoso sujeto-en-proceso, el equivalente del incesto”.8 La ruptura del lenguaje Simbólico contra su propia ley fundadora o, de manera equivalente, el surgimiento de la ruptura en el lenguaje desde dentro de sus propios instintos interiores no es sólo el estallido de la heterogeneidad libidinal en el lenguaje: también significa el estado somático de dependencia del cuerpo materno anterior a la individuación del yo. Así, el lenguaje poético siempre indica un regreso al terreno materno, donde lo materno significa tanto la dependencia libidinal como la heterogeneidad de los impulsos.
En “Motherhood According to Bellini”, Kristeva afirma que, como el cuerpo materno significa la pérdida de una identidad diferenciada y coherente, el lenguaje poético raya en la psicosis. Y en el caso de las expresiones semióticas de una mujer en el lenguaje, el regreso a lo materno significa una homosexualidad prediscursiva que Kristeva también asocia claramente con la psicosis. Aunque Kristeva acepta que el lenguaje poético se sostiene culturalmente mediante su participación en lo Simbólico y, por lo tanto, en las normas de la comunicabilidad lingüística, no admite que la homosexualidad sea capaz de la misma expresión social no psicótica. La clave de la idea que Kristeva tiene de la naturaleza psicótica de la homosexualidad debe entenderse, en mi opinión, en su aceptación de la suposición estructuralista de que la heterosexualidad es coextensa con la fundación de lo Simbólico. Así, la investidura del deseo homosexual puede lograrse, según Kristeva, sólo mediante desplazamientos que están sancionados dentro de lo Simbólico, como el lenguaje poético o el acto de parir: “Al parir, la mujer entra en contacto con su madre; se convierte en su propia madre y lo es; son la misma continuidad que se diferencia. Así realiza la faceta homosexual de la maternidad, a través de la cual una mujer simultáneamente está más cerca de su memoria instintiva, más abierta a su psicosis y, por consiguiente, más negadora del vínculo social, simbólico.”9 Según Kristeva, el acto de parir no logra restablecer la relación continua anterior a la individuación porque el bebé invariablemente sufre la prohibición del incesto y es apartado como una identidad separada. En el caso de la separación entre la madre y la niña, el resultado es melancolía para ambas, pues la separación nunca es completa.
Al contrario de la aflicción o el duelo -en que la separación se reconoce y la libido vinculada al objeto original logra desplazarse a un objeto sustituto nuevo-, la melancolía designa la falta de aflicción en que la pérdida simplemente se interioriza y, en ese sentido,Así, para Kristeva, la poesía y la maternidad representan prácticas privilegiadas que ocurren dentro de la cultura paternamente sancionada, las cuales permiten una experiencia no psicótica de esa heterogeneidad y dependencia características del terreno materno. Estos actos de poesis revelan una heterogeneidad instintiva que más tarde exhibe la base reprimida de lo Simbólico, desafía el dominio del significante unívoco y difunde la autonomía del sujeto que se presenta como su base necesaria. La heterogeneidad de los impulsos funciona culturalmente como una estrategia subversiva de desplazamiento que desbanca la hegemonía de la ley paterna al liberar la multiplicidad reprimida, interna en el lenguaje en sí. Precisamente porque esa heterogeneidad instintiva debe ser re-presentada en la ley paterna y a través de ella, no puede desafiar totalmente el tabú del incesto, sino que debe permanecer dentro de las regiones más frágiles de lo Simbólico. Obedientes pues a los requisitos sintácticos, las prácticas poéticas-maternas para desplazar la ley paterna siempre permanecen tenuemente ligadas a esa ley. Por lo tanto, es imposible una negación total de lo Simbólico y, para Kristeva, un discurso de “emancipación” es imposible. En el mejor de los casos, los desplazamientos y subversiones tácticas de la ley desafían la suposición de que se basa en sí misma. Pero, una vez más, Kristeva no cuestiona seriamente la suposición estructuralista de que la ley paterna prohibitiva es fundacional para la cultura misma. Así, la subversión de la cultura paternamente sancionada no puede provenir de otra versión de la cultura, sino sólo desde el interior reprimido de la cultura en sí, de la heterogeneidad de los impulsos que constituye el fundamento oculto de la cultura.
Esta relación entre impulsos heterogéneos y la ley paterna produce una concepción muy problemática de la psicosis. Por una parte, designa la homosexualidad femenina como una práctica culturalmente ininteligible, inherentemente psicótica; por otra, decreta la maternidad como una defensa obligatoria contra el caos de la libido. Aunque Kristeva no afirma explícitamente ninguna de las dos, ambas implicaciones son consecuencia de sus opiniones sobre la ley, el lenguaje y los impulsos. Piénsese que para Kristeva el lenguaje poético rompe el tabú del incesto y, como tal, siempre raya en la psicosis. Como un regreso al cuerpo materno y una desindividuación concomitante del yo, el lenguaje poético se hace especialmente amenazante cuando es enunciado por las mujeres. Lo poético entonces no sólo impugna el tabú del incesto, sino también el de la homosexualidad. Por consiguiente, para las mujeres, el lenguaje poético es una dependencia materna desplazada y, ya que esa dependencia es libidinal, también una homosexualidad desplazada.
Para Kristeva, la investidura sin mediación del deseo homosexual femenino lleva inequívocamente a la psicosis. Por lo tanto se puede satisfacer este impulso sólo a través de una serie de desplazamientos: la incorporación de la identidad materna -es decir, al convertirse una misma en madre- o a través del lenguaje poético, que manifiesta de manera oblicua la heterogeneidad de los impulsos característicos de la dependencia materna. Dado que son los únicos desplazamientos socialmente sancionados y, por lo tanto, no psicóticos para el deseo homosexual, tanto la maternidad como la poesía constituyen experiencias melancólicas para las mujeres que están apropiadamente aculturadas en la heterosexualidad. La poeta-madre heterosexual sufre perennemente por el desplazamiento de la investidura homosexual. No obstante, según Kristeva, la consumación de este deseo llevaría al desenredo psicótico de la identidad; la suposición es que, para las mujeres, la heterosexualidad y la concepción coherente del yo están indisolublemente vinculadas.
¿De qué manera podemos explicar la constitución de la experiencia lesbiana como el sitio de una pérdida irrecuperable del yo? Kristeva acepta claramente que la heterosexualidad es el requisito previo para el parentesco y la cultura. Por consiguiente, identifica la experiencia lesbiana como la opción psicótica a la aceptación de leyes paternamente sancionadas. Sin embargo, ¿por qué se constituye el lesbianismo como psicosis? ¿Desde qué perspectiva cultural se construye el lesbianismo como un sitio de fusión, pérdida del yo y psicosis?
Al proyectar a la lesbiana como “Otra” respecto de la cultura y caracterizar el habla
lesbiana como el “torbellino-de-palabras” psicótico, Kristeva construye la sexualidad lesbiana como algo intrínsecamente ininteligible. La eliminación y la reducción tácticas de la experiencia lesbiana realizada en nombre de la ley ubica a Kristeva dentro de la órbita del privilegio paterno-heterosexual. La ley paterna que la protege de esta incoherencia radical es precisamente el mecanismo que produce el constructo del lesbianismo como un sitio de irracionalidad. Resulta significativo que esta descripción de la experiencia lesbiana se efectúe desde fuera, y que nos diga más sobre las fantasías que produce una cultura heterosexual temerosa para defenderse de sus propias posibilidades homosexuales de lo que nos dice acerca de la experiencia lesbiana en sí.
Al afirmar que el lesbianismo designa una pérdida del yo, Kristeva parece pronunciar una verdad psicoanalítica sobre la represión necesaria para la individuación. El temor de tal “regresión” a la homosexualidad es, entonces, un temor de perder por completo la sanción y el privilegio culturales. Aunque Kristeva afirma que esta pérdida designa un
lugar anterior a la cultura, no hay razón para no considerarla una forma cultural nueva o no reconocida. En otras palabras, Kristeva prefiere explicar la experiencia lesbiana como un estado regresivo de la libido anterior a la aculturación en sí, que aceptar el desafío que ofrece el lesbianismo a su visión restringida de las leyes culturales paternamente sancionadas. ¿Es el temor codificado en la construcción de la lesbiana como psicótica resultado de una represión necesaria para el desarrollo o, más bien, es el temor de perder la legitimidad cultural y, por lo tanto, de ser despedida no hacia afuera o antes de la cultura, sino fuera de la legitimidad cultural, aún dentro de la cultura pero culturalmente “fuera de la ley”?……
WE WANT TO BE FREE…
OLÉ, OLÉ Y OLÉ!
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=ApRzfCRZEIk#!
Tenía algo que contarme, era evidente.
Nunca entendí bien por qué siempre colgaba el teléfono antes de que pudiera despedirme, parecía disfrutar observándome inhalar el humo pesado de una conversación fugaz, que me dejaba ardiendo sibilinamente, como el rojo amenazador de unas ascuas.
Había llegado, su perfume embriagador aniquilaba cualquier resto de madera quemada, el sonido de los firmes taconazos con su ritmo serpenpeante se fundían en una sintonía perfecta que emborrachaba completamente el salón.
¿ Una copa?-
Entonces se acercó y sin mediar palabra me largo un tortazo, se dio la vuelta y desapareció.
Sentí que el mundo se caía, que la vida giraba en torno a mí, y que nunca más volvería a recuperar el equilibrio. Sentí la resaca de su perfume sin alcohol persiguiéndome día y noche como una mirada inquisidora e insidiosa que me recordaba en cada instante quien era yo.
La conocía, y no había tiempo ya de evitar el terrible infierno de sus ojos ni el ahogante calor de mis pasiones.
Feminismos y pragmatismos.
“ La función de la filosofía es más bien, limpiar el camino de profetas y poetas, hacer la vida intelectual un poco más simple y segura, para aquellas personas que tienen visiones de nuevas comunidades”.
Estoy completamente en acuerdo con el enunciado de Ricahrd Rotry, “ El universalista típico es un realista moral, alguien que cree que los juicios morales verdaderos son hechos verdad por quien sabe que medios”.
El autor sugiere que debemos dejar de hablar de la necesidad de ir de una percepción distorsionada de la realidad moral a una no distorsionada, y en su lugar, hablar de la necesidad de modificar nusetras prácticas a fin de tomar en cuenta, nuevas prácticas de lo que está sucediendo.
Aplicando el pragmatismo, las feministas deberiamos desistir de la cómoda creencia de que los grupos en competencia siempre podrán razonar juntos, sobre una base de premisas plausibles y neutrales, puesto que a lo único que pueden recurrir los movimientos políticos no violentos, cuando los argumentos no sirven, es a la profecía.
Argumentar que las mujeres son seres humanos de verdad pero no en la realidad social ( McKinnon) es apelar desde una mala práctica social hacia algo que trascienda a las mujeres , tratar de llevar a la práctica posibilidades no soñadas mediante nuevas prácticas linguísticas, levantando edificios sociales, igual que los primeros socialistas o los nazis.
Tal vez sea necesario, plantearnos que la justicia, la razón, o la humanidad, no siempre han estado, están o estarán de nuestro lado. “ La retórica Ilustrada de emancipación, autonomía y otras cosas semejantes, es cómplice de una fantasía de escape de la condición incorporada” Lovibond.
El pragmatismo ofrece las ventajas dialécticas del postmodernismo al tiempo que evita la retórica postmodernista contradictoria del desenmascaramiento.
Mujer ( o tantas categorias más) no denomina ( o al menos para mí no lo hace) una esencia inmutable, una clase natural ahistórica con un conjunto permanente de características instrínsecas. Si a esta premisa añado el pragmatismo de Dewey, de dejar de apelar al criterio neutral, en el que la Naturaleza, la Razón o la Ley Moral están de lado del oprimido, lo que pierdo, lo gano en capacidad de reconocer “abismos que en general se acepta que no exisen” (Frye).
Las feministas profeticas preveén un nuevo ser, no sólo para las mujeres, sino para toda la sociedad. Las feministas pragmáticas no considerarán la formación de esa sociedad como la eliminación de las construcciones sociales y la restauración de lo que debaria haber sido siempre, lo considerarán como un conjunto de construcciones sociales mejor que el actual.
El pragmatismo, aportaría, a mi entender, herramientas para los grupos de mujeres organizadas, en la cuestión de desde dónde posicionarse como sujetos políticos vindicadores.
Mi experiencia como feminista, es que a menudo, la cuestión de la identidad de mujer vs, la categoría mujer, levanta ampollas en los debates internos de las mujeres feministas.
Las feministas de la diferencia, como por ejemplo Lia Zigarinni, o un sector importante de estas, defenderá que las mujeres poseen una esencia diferente y diferenciada que los hombres, y que es desde esta diferencia que ha de construirse un nuevo orden simbólico emergente desde la dimensión relacional, asignada según ellas naturalmente a las mujeres.
Las feministas queer, como Buttler, combatirán la esencia de las mujeres, pronopiendo herramientas de análisis para las subcategorías encorsetadas en la colación de las mujeres.
El debate a menudo, supera el posicionamiento a favor de lo primero o de lo segundo, y requiere herramientas para el activismo.
Tal vez una visión pragmática del término las mujeres, puede suponer una solución, al menos momentánea, para el posicionamiento político desde el cuál articular las vindicaciones.
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